Teatralia

 

Teatralia

TEATRALIA: Animación lectora desde el teatro. A cargo del escritor cubano-danés, residente en Valencia, Julián Despaigne Rodríguez. Premio Ciudad de Coria Cuentos 2002 y autor del libro sobre animación lectora y literatura “Acordes de la palabra”

“Me lo explicaron todo y lo olvidé, lo vi y lo entendí, lo hice y lo aprendí”. Confucio

Talleres  de Animación lectora creativos, singulares e interactivos.

Antes de cada taller, docentes y estudiantes realizan actividades previas, con textos dramáticos, sainetes, entremeses, textos líricos… para garantizar las dinámicas de grupos a realizar durante las sesiones.

En los talleres de animación lectora, docentes y alumnos representan

*Textos breves.

*Poesía.

*Epigramas.

*Proverbios.

*Haikus.

-Trabajan además:

*Gestualidad.

*Voz.

*Lenguaje extraverbal.

… y mucho más.

El año pasado realicé este taller en Logroño, en el IES  Batalla de Clavijo. Dentro del festival Artefacto, en  el que además ofrecí dos talleres de PoesíARTE para la Universidad de la Rioja.

El día 29 realicé  dos sesi0nes  de Teatralia en el IES La Serranía, Sección Alpuente.

Teatralia IES Alpuente

 

 

En las sesiones de Teatralia pueden ( y deben, por placer y creatividad) dramatizarse textos dramçaticos o no teatrales, poesía, incluso una noticia o su titular. También un microrrelato de una palabra puede escenificarse. Sin palabras, puede llevarse a escena un proverbio.

Aquí les propongo algunos textos que suelo emplear en mis sesiones de Teatralia

Primer grupo: “La casa de Bernarda Alba”,  de Federico García Lorca. Final del Acto tercero. Martirio, Adela, Magdalena, Criada, La Poncia, Bernarda y Angustias.

Martirio: (Señalando a Adela.) ¡Estaba con él! ¡Mira esas enaguas llenas de paja de trigo!

Bernarda: ¡Esa es la cama de las mal nacidas! (Se dirige furiosa hacia Adela.)

Adela: (Haciéndole frente.) ¡Aquí se acabaron las voces de presidio! (Adela arrebata un bastón a su madre y lo parte en dos.) Esto hago yo con la vara de la dominadora. No dé usted un paso más. ¡En mí no manda nadie más que Pepe!

(Sale Magdalena.)

Magdalena: ¡Adela!

(Salen la Poncia y Angustias.)

Adela: Yo soy su mujer. (A Angustias.) Entérate tú y ve al corral a decírselo. Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león.

Angustias: ¡Dios mío! Bernarda: ¡La escopeta! ¿Dónde está la escopeta? (Sale corriendo.)

(Aparece Amelia por el fondo, que mira aterrada, con la cabeza sobre la pared. Sale detrás Martirio.)

Adela: ¡Nadie podrá conmigo! (Va a salir.)

Angustias: (Sujetándola.) De aquí no sales con tu cuerpo en triunfo, ¡ladrona! ¡deshonra de nuestra casa!

Magdalena: ¡Déjala que se vaya donde no la veamos nunca más!

(Suena un disparo.)

Bernarda: (Entrando.) Atrévete a buscarlo ahora.

Martirio: (Entrando.) Se acabó Pepe el Romano.

Adela: ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe! (Sale corriendo.)

La Poncia: ¿Pero lo habéis matado?

Martirio: ¡No! ¡Salió corriendo en la jaca!

Bernarda: No fue culpa mía. Una mujer no sabe apuntar.

Magdalena: ¿Por qué lo has dicho entonces?

Martirio: ¡Por ella! Hubiera volcado un río de sangre sobre su cabeza.

La Poncia: Maldita.

Magdalena: ¡Endemoniada!

Bernarda: Aunque es mejor así. (Se oye como un golpe.) ¡Adela! ¡Adela!

La Poncia: (En la puerta.) ¡Abre!

Bernarda: Abre. No creas que los muros defienden de la vergüenza.

Criada: (Entrando.) ¡Se han levantado los vecinos!

Bernarda: (En voz baja, como un rugido.) ¡Abre, porque echaré abajo la puerta! (Pausa. Todo queda en silencio) ¡Adela! (Se retira de la puerta.) ¡Trae un martillo! (La Poncia da un empujón y entra. Al entrar da un grito y sale.) ¿Qué?

La Poncia: (Se lleva las manos al cuello.) ¡Nunca tengamos ese fin!

(Las hermanas se echan hacia atrás. La Criada se santigua. Bernarda da un grito y avanza.)

La Poncia: ¡No entres!

Bernarda: No. ¡Yo no! Pepe: irás corriendo vivo por lo oscuro de las alamedas, pero otro día caerás. ¡Descolgarla! ¡Mi hija ha muerto virgen! Llevadla a su cuarto y vestirla como si fuera doncella. ¡Nadie dirá nada! ¡Ella ha muerto virgen! Avisad que al amanecer den dos clamores las campanas.

Martirio: Dichosa ella mil veces que lo pudo tener.

Bernarda: Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!

Telón rápido.

FIN

 

Segundo grupo: “La familia Alvareda”, novela de costumbre,  de Fernán Caballero seudónimo de Cecelia Böhl de Faber y Larrea.  Primera parte,  final del capítulo VII. Pedro, Ventura y soldado francés.

El narrador dice lo que está entre paréntesis

Narrador (Tiempo era, porque llamaban a la puerta. Pedro fue a abrir.

(Un granadero francés entró)

-Prepárame, le dijo a Pedro en su jerigonza, de comer, de beber; dame tu dinero, si no quieres que yo te lo tome, y llama a tus hijas, si no quieres que las vaya a buscar.

(La sangre del honrado y altivo español le subió al rostro; pero respondió con moderación:)

-Nada tengo de cuanto pedís.

-¿Qué quiere decir que nada tienes, brigante? ¿Sabes con quién hablas? ¿Sabes que tengo hambre y sed?

(Pedro, que había pensado pasar todo el día tan celebrado de la boda de su hijo en casa de Ana, y de consiguiente nada tenía prevenido, se acercó a la puerta que comunicaba con lo interior de la casa, y señalando con la mano el fogón apagado, repitió:)

-¡Ya os dije que nada de comer hay en casa, sino pan!

-¡Mientes! (gritó rabioso el francés; es mala voluntad. Pedro clavó sus ojos en el granadero, y en ellos chispearon por un instante toda la indignación, toda la cólera, todo el resentimiento que abrigaba su alma; más un segundo pensamiento, que lo hizo estremecerse, se los hizo bajar, y dijo en voz conciliadora:)

– Mirad que os he dicho la verdad.

(Al oír esta obstinada negativa, el soldado, a quien ya la mirada que le había lanzado Pedro, tenía exasperado, se acercó a éste y le dijo:)

-¡Me haces frente! ¡Me niegas con obstinación lo que tienes obligación de darme, he! y encima de todo, ¡me insultas con tu calma desdeñosa!: yo te pondré a fe mía tan suave como un guante.

(Y levantando la mano, resonó en el cuarto el sonido seco y distinto de una bofetada.

Cual águila que se arroja sobre su presa, Ventura, saltando del sobrado, se abalanzó al francés, le arrancó el sable de su vaina y le atravesó con él. El francés cayó redondo como una masa inerte.)

-¡Hijo! ¡hijo! ¿Qué has hecho? (exclamó el anciano, olvidando la afrenta al considerar el riesgo de su hijo.)

-Padre, mi obligación.

-¡Te has perdido!

-¿Y qué, si os he vengado?

-Huye, huye: no pierdas un instante.

-No antes de que limpie esto de ese deudor que ya ha pagado. Si lo hallasen, pagaríais por mí, padre.

-No le hace, no le hace, (exclamó el anciano); sálvate tú, que es lo que importa.

(Ventura, sin dar oídos a su padre, levantó el cadáver, que cargó sobre sus hombros, lo tiró al pozo, se volvió hacia su padre que lo seguía en la agonía de la angustia, le pidió su bendición, se puso de un brinco sobre la tapia del corral que daba al campo, y saltó del otro lado; y el pobre padre, subido sobre el tronco de la higuera, asido a sus ramas, con el corazón oprimido, los ojos desencajados, el pecho sin aliento, vio a su hijo, al ídolo de su corazón, salvar la distancia que separaba al pueblo de un olivar con la ligereza de un ciervo, y desaparecer entre los árboles.)

FIN DE LA PARTE PRIMER

 

Tercer grupo: “¡Diles que no me maten!”, cuento de Juan Rulfo. Inicio de la narración, diálogo entre el padre y el hijo.

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

(Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir):

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Cuarto grupo:  “Fuenteovejuna”, pieza teatral de Lope de Vega. Acto primero, escena 1. Diálogo entre el Comendador, Flores y Ortuño.

COMENDADOR: ¿Sabe el maestre que estoy en la villa?

FLORES: Ya lo sabe.

ORTUÑO: Está, con la edad, más grave.

COMENDADOR: Y ¿sabe también que soy Fernán Gómez de Guzmán?

FLORES: Es muchacho, no te asombre.

COMENDADOR: Cuando no sepa mi nombre, ¿no le sobra el que me dan 3 de comendador mayor?

ORTUÑO: No falta quien le aconseje que de ser cortés se aleje.

COMENDADOR: Conquistará poco amor. Es llave la cortesía para abrir la voluntad; y para la enemistad la necia descortesía.

ORTUÑO: Si supiese un descortés cómo le aborrecen todos –y querrían de mil modos poner la boca a sus pies–, antes que serlo ninguno, se dejaría morir.

FLORES: ¡Qué cansado es de sufrir! ¡Qué áspero y qué importuno! Llaman la descortesía necedad en los iguales, porque es entre desiguales linaje de tiranía. Aquí no te toca nada; que un muchacho aún no ha llegado a saber qué es ser amado.

COMENDADOR: La obligación de la espada que se ciñó, el mismo día que la cruz de Calatrava le cubrió el pecho, bastaba para aprender cortesía.

FLORES: Si te han puesto mal con él, presto lo conocerás.

ORTUÑO: Vuélvete, si en duda estás.

COMENDADOR: Quiero ver lo que hay en él.

Quinto grupo: Entre cinco y quince alumnos/as. Preparar la representación del poema “Masa” de César Vallejo.

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

 

Escoger a un alumno para que represente el poema El Mendigo de Rafael Alberti. También se puede escoger a otro alumno/a sin que ellos sepan que tienen el mismo poema. (Para garantizar el efecto sorpresa de esta representación convendría que ninguno de los dos lo dijese a nadie, que sea secreto).

El mendigo                                                                                                                                                     Señoras y caballeros
den por el amor de Dios una limosna a este viejo!

Por el amor de Dios ¡una limosna!

Por el amor de Dios ¡una limosna!

Por el amor de Dios ¡una limosna!

Me dan una limosna ¡por el amor de Dios!

Me dan una limosna ¡por el amor de Dios!

Me dan una limosna ¡por el amor de Dios!

Para este pobre viejo, por el amor de Dios, una limosna.

Para este pobre viejo, por el amor de Dios, una limosna.

Para este pobre viejo, por el amor de Dios, una limosna.

¿No hay quien de una limosna para este pobre viejo?.

¿No hay quien de una limosna, por el amor de Dios, para este pobre viejo?.

¿No hay quien de una limosna, por el amor de Dios, para este pobre viejo?.

Para este pobre viejo que se muere de frío, ¿No hay una limosnita?.

Para este pobre viejo que se muere de frío, ¿No hay una limosnita?.

Para este pobre viejo que se muere de frío, ¿No hay una limosnita?.

¡Por el amor de Dios, una limosna!.

¡Por el amor de Dios, una limosna!.

¡Por el amor de Dios!.

Por el amor de ¡leche!.

¡Cuánto hijo de Puta hay por el mundo!

 

Escoger a dos alumnos o alumnas.  Cada uno estudiará el poema por separado (De ser posible que el otro no sepa que tiene el mismo poema. Poema” No te salves” de Mario Benedetti.

No te quedes inmóvil 
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

 

Dos alumnos,  preferiblemente un chico y una chica. Sería interesante tomar dos parejas, para calibrar dos estilos de interpretación que debe ser en forma de Diálogo  poético.

Chico: “Nadie emprende este camino salvo el crepúsculo de otoño”

Chica: Saber llevar nuestra porción de noche
o de mañana pura;
llenar nuestro vacío con desprecio,
llenarlo de ventura.

Aquí una estrella, y otra estrella lejos:
alguna se extravía.
Aquí una niebla, más allá otra niebla,
pero después el Día.
 

Chico: “Quien  quiere  hacer algo  encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra      una excusa.”

Chica: La persona
más próxima
a mí
eres tú
a la que
sin embargo
no veo
hace tanto tiempo
más que en sueños.

Chico: Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba 
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

 

Para trabajar por parejas. Puede seleccionarse cinco parejas y dividir el texto en cinco partes, por ejemplo: dos folios por parejas. A la hora de representarlo lo haríamos en forma continua cada pareja según el turno del texto.

Entremés “Ganas de reñir” de los hermanos Alvárez Quintero

Un rincón en un calle de Sevilla. Puerta de la casa de Martirio. Es por la tarde, en primavera.

Martirio, bellísima mujer, hija de un popular regente de imprenta, sale a la puerta de su casa a esperar sentada a su novio, que es fotógrafo. Tiene los ojos negros y negro el cabello, y esta tarde, negras también las intenciones. Le ha amanecido el día con ganas de reñir.

MARTIRIO: ¡Jesús con mi madre! ¡Las cosas de las viejas, señó! Si una no riñera con su novio na más que cuando tiene motivos, ¡vaya una grasia! ¡Una grasia mohosa! La cuestión es reñí sin motivo. Se tienen ganas de reñí como se tienen ganas de comerse un durse o de toma un pescao. Y hoy tengo yo ganas de reñí. Y riño. ¡Ya lo creo que riño! Santitos que me pinte van a sé demonios. Esta tarde riño con é. No es que terminemos, no; es que riño esta tarde. Se me ha puesto en la cabesa reñí. Ayí viene. Míalo qué risueño. Poco le va a durá la sonrisa. Y contoneándose. Ya te daré yo contoneo. Y creyendo que lo voy a resibí como a un Rey Mago. ¡Sirba, sirba!… ¡To el aire que eches fuera te lo vas a tené que sorbé!… ¡Sirba, sirba!…

(Breve pausa). (Sale, en efecto, silbando, Julián, con rostro placentero.
El hombre viene a pasar allí el mejor rato de todo el día).

JULIÁN: ¡Hola, perdisión!

MARTIRIO: ¡Hola! ¿No traes er perro?

JULIÁN: No. Lo he dejao en casa.

MARTIRIO: ¡Como venías sirbando!…

JULIÁN: ¡Ah! Contento que está uno.

MARTIRIO: ¿Estás tú contento?

JULIÁN: ¿No me ves? ¿Y tú, no estás contenta?

MARTIRIO: Estándolo tú…

JULIÁN: Me lo dises con una cara…

MARTIRIO: Con la que tengo, hijo.

JULIÁN: ¿Te pasa argo?

MARTIRIO: ¿A mi? ¿Por qué?

JULIÁN: ¡Qué sé yo! Te veo de una forma… ¿Me he retardao, quisás? (Mira su reloj). Ar contrario: no; son las seis, y tos los días vengo a las seis y media…

MARTIRIO: Lo cuá sinifica que tos los días pues vení antes, y no vienes… porque no se te antoja.

JULIÁN: Según se da er trabajo en la fotografía…

MARTIRIO: Yo no me voy a meté en averiguarlo, ¿sabes?

JULIÁN: Unas veses acude mucho público y otras veses poco…

MARTIRIO: ¡Si no te pido esplicasiones, Julián! Ayá tú.

JULIÁN: Er resurtao es que te incomodas porque vengo a verte media hora antes. Lo tendré presente pa mañana.

MARTIRIO: ¿Pa mañana? No pienses pa tan lejos.

JULIÁN: ¿Eh?

MARTIRIO: Ya lo he dicho.

JULIÁN: (Haciéndose cargo de la situación, como otras veces).¡Bueno está! (Pausa. Silba de nuevo).

MARTIRIO: Sirba, hijo, sirba más; a vé si viene er perro y me yena de purgas.

JULIÁN: Tú, tú; que mi perro no tiene purgas.

MARTIRIO: ¡Ah! es verdá: soy yo quien se las pega ar perro.

JULIÁN: Pero, mujé, ¿qué bicho te ha picao?

MARTIRIO: ¡Habrá sío una purga!

JULIÁN: ¡Vaya! ¿Y tu madre?

MARTIRIO: ¡Ya era hora, hombre!

JULIÁN: ¿Qué?

MARTIRIO: ¡Ya era hora de que me preguntaras por eya!

JULIÁN: ¡Si acabo de yegá, Martirio!

MARTIRIO: Pero has tenío tiempo de hablá de veinte cosas antes que de mi madre; er perro, los sirbíos, mí cara, tu negosio, la hora, las purgas… ¡Lo úrtimo, mi madre! ¡Bien le pagas lo que te quiere! Pos te engañas en más de la mitá: mi madre, pa mí, es lo primero. Si lo quieres así, lo tomas, y si no, lo dejas. Esto no armite variante.

JULIÁN: To lo que sea pa ti lo primero lo es siempre pa mí.

MARTIRIO: ¿Mi madre va a sé pa ti primero que tu madre? ¡Eso se lo cuentas a tu abuela!

JULIÁN: Bueno, cuando no se quiere comprendé…

MARTIRIO: ¡Si yo soy un soquete!

(Pausa).

JULIÁN: ¿No me has sacao siya?

MARTIRIO: ¡Como no pensaba que ibas a vení tan temprano!… ¡Has venío tan temprano!…

JULIÁN: Claro; sí. Iré yo por una, en castigo.

(Va a entrar en la casa y la impertinencia de Martirio lo detiene).

MARTIRIO: Mi padre, bueno; grasias.

JULIÁN: Con tu padre he estao yo hablando hase sinco minutos, y sé que está bueno. Salía de la imprenta y lo he acompañao hasta er café.

MARTIRIO: Pero ¡yo no soy adivinadora!

JULIÁN: Es verdá. ¡Ni yo adivinadó tampoco! ¡Y bien que lo siento; porque me gustaría adiviná qué caracoles te susede esta tarde!

MARTIRIO: Mira, mira, fotógrafo: gritos y palabrotas, no; que la caye es muy ancha y pues irte por donde más coraje te dé. (Julián hace un gesto, y luego se vuelve de nuevo hacia la casa para entrar en ella).¡Ahí está! Ensima, vuérveme la esparda.

JULIÁN; ¡Si voy por la siya! ¿He de entrá en tu casa andando pa atrás, como pasean las monjas?

(Se mete dentro tal como dice).

MARTIRIO: Ya verás, ya verás. Todavía no he empesao. Y er día que me coge con ganas de reñi, ér mismo me ayuda. Na más de verlo tan campante, se me aumentan. Paesco una gata frente a un perro. Ya verás, ya verás. (A él, que trae una silla). ¡Hombre, qué bonito! ¿No se te ha ocurrío cogé la siya más que de la sala?

JULIÁN: La que he encontrao más serca, Martirio.

MARTIRIO: Y, ¿no se te figura mucho lujo pa la puerta e la caye?

JULIÁN; ¿Cuár traigo entonses? ¡Dímelo tú!

MARTIRIO: ¡Cuarquiera menos ésa!

JULIÁN: ¡Bueno! (Éntrase en la casa otra vez).

MARTIRIO: Ya verás, ya verás. ¿De dónde sacará mi madre que pa reñí hasen farta motivos? ¡Chocheses! Y, sobre to, que si yo no riño esta tarde, no duermo esta noche. ¡Y prefiero que no duerma é!

(Vuelve Julián con otra silla vieja cuyo asiento está roto).

JULIÁN: ¿Habré asertao ahora? ¡No me dirás que ésta es de lujo!

MARTIRIO: ¡Mira qué ánge tienes también! ¡Míralo qué grasioso! ¡Ponme en vergüensa, hombre! ¡Que cuarquiera que pase y la vea prinsipie a yamá a voses ar siyero!

JULIÁN: No tengas cuidao, porque el asiento voy a taparlo yo ahora mismo. (Se sienta). Ya está. ¡Lo que es otra siya no saco!

(Pausa. Él no sabe ya qué decirle. Enciende un cigarrillo).

MARTIRIO: ¡No podía fartá la chimenea!

JULIÁN: (Levantándose y tirando el pitillo con rabia). ¡Caray, que no hay manera de entenderte!

MARTIRIO: ¿Ves? ¡Ya está el asiento al aire!

JULIÁN: ¡Pos déjalo! ¡Así se ventila! Quéate con Dios, y tómate un cosimiento pa la sangre, prenda.

MARTIRIO: ¡Ah!, pero, ¿te vas?

JULIÁN: ¡Naturarmente! ¡Ni que te conosiera de dos días! Ya está visto que esta tarde hay que peleá porque sí. Y como está visto y yo no quiero peleá porque sí, me voy sin más espera.

MARTIRIO: Pretextos pa dejarme cuando te aguardan los amigos, no te fartan nunca.

JULIÁN: ¿Es desí, que yo me voy ahora por gusto, por capricho?

MARTIRIO: ¡A vé!

JULIÁN: ¡Ea! ¡Pos no me voy: me quedo! ¡Te brindaré este plato una vez más!

MARTIRIO: ¿Una vez más o una vez menos?

JULIÁN: Eso no lo entiendo, Martirio.

MARTIRIO: Ni yo tampoco. Pero en esta casa er regente de imprenta es mi padre: yo no tengo por qué medí las palabras. Digo siempre lo que se me viene a la boca. Si conviene, bien; y si no, lo dicho; la caye es más larga que ancha y está sembrá de cayejuelas. Don Rodrigo murió en la jorca. Y fuma, fuma si te lo pide er cuerpo.

JULIÁN: No. Te molesta el humo.

MARTIRIO: El humo, no: es lo único que no me molesta. Me molesta er pitiyo. El argodonsito de la boquiya ¡me da un asco!… ¡Uf! ¡Qué asco me da!

JULIÁN: ¡Pos fumo emboquiyaos porque te daban asco los otros!

MARTIRIO: ¡Pos ahora me dan asco los emboquiyaos!

JULIÁN: Sí, sí. (Después de otro silencio, se levanta y se acerca a ella para quemar el último cartucho. Advierte entonces que vuelve a dejar descubierto el roto asiento de la silla, y la tapa con el sombrero). ¿Se te pué preguntá una cosa?

MARTIRIO: Y siento; ¿soy yo un puercoespín?

JULIÁN: ¿Has resibío las pruebas de los retratos?

MARTIRIO: ¿De qué retratos?

JULIÁN: ¡De tos tuyos!

MARTIRIO: ¿De los míos? Pero ¿aquéya soy yo? ¡Qué való tienes! ¡Te lusiste, hombre! Aquéya será una muñeca; pero ¡lo que es yo!… Por toa la vesindá he paseao las pruebas, y la que más ha tomao er retrato por er de una parienta mía más negra que er betún. ¿Soy yo tan negra, hijo?

JULIÁN: ¡Desgrasias! Ya ves tú, yo estaba contento…

MARTIRIO: Amor propio de los artistas. Pero ni conmigo ni con mi familia das nunca en er clavo. Siempre te has de estreyá. Acuérdate de lo der tío Jasinto.

JULIÁN: ¿Qué es lo der tío Jasinto?

MARTIRIO: ¿No te acuerdas? Pos ¡chico bochorno pasó! Le hisiste tú er retrato pa er kilométrico, tomó er tren… y en la primera estasión lo echaron abajo. ¡Si se paresería!

JULIÁN: (Sonriendo). Ese es un cuento que anda por Seviya… y a ti se te ha antojao encajármelo ahora. Pero yo no soy aquer fotógrafo. En fin… la voluntá me sarve. Veremos otra vez.

MARTIRIO: ¡Como que voy yo a está vistiéndome ca cuatro días y subiendo y bajando a tu palomá hasta que tú des en la yema! Y cuidao que te lo previne: ¡yoviendo no sale bien ningún retrato! Pero te empeñaste. Y en er momento de quitarle er tapón a la máquina, diluviaba.

JULIÁN: Sí, sí. (Se hace aire con el sombrero).

MARTIRIO: ¿Tienes caló?

JULIÁN: ¿Es que no lo hase?

MARTIRIO: Yo no tengo ninguno.

JULIÁN: Pos yo sí.

MARTIRIO: Tú eres muy fogoso.

JULIÁN: ¿Muy fogoso? (Con violencia y coraje). ¡Si yo fuera muy fogoso, Martirio!…

MARTIRIO: ¿Qué? ¡Acaba hombre! Amagá y no dá es de… de…

JULIÁN: ¿De qué? ¡Acaba tú!

MARTIRIO: Acaba tú primero.

JULIÁN: Sí, voy a acabá, sí; voy a acabá por irme.

MARTIRIO: ¡Como que no deseas otra cosa desde que yegaste!

JULIÁN: ¡Cuando lo despiden a uno!…

MARTIRIO: ¡Cuando una ve que se viene ar lao de una por compromiso!…

JULIÁN: ¡Cuando uno se convense de que no se trata más que de peleá sin rasón!…

MARTIRIO: ¡Ah! ¿Yo no tengo rasón pa peleá contigo esta tarde?

JULIÁN: ¿Qué rasón tienes?

MARTIRIO: ¿No tengo rasón?

JULIÁN: ¡Dime una siquiera!

MARTIRIO: No te dará en los dientes, goloso.

JULIÁN: ¡Dime una!

MARTIRIO: Eso quisieras tú. A mí me gusta que se me lean las cosas en la frente.

JULIÁN: ¡Pos lo que es eso!… Apenas he yegao esta tarde te he leío como en un carté. ¡Ganas de reñí que tienes hoy! ¡Ni más ni menos!

MARTIRIO: ¿Ganas de reñí?

JULIÁN: ¡Ganas de reñí que te entran como un costipao… y hasta que no lo sudo yo no te pones buena! ¡Ea! ¡De verano!

MARTIRIO: ¿Ar fin te vas?

JULIÁN: ¡Claro! ¿Pa qué he de quedarme más tiempo? ¿No querías reñí? ¿No hemos reñío ya? ¡Pos Santas Pascuas y que sea enhorabuena!

MARTIRIO: Mira, Julián, no grites, que estamos en la caye.

JULIÁN: ¡Pos métete dentro!

MARTIRIO: ¡Qué bonita contestasión! ¡Y soy yo la de las ganas de peleá!

JULIÁN: ¡No; soy yo!

MARTIRIO: ¡Digo, si eres tú!

JULIÁN; ¡Yo, yo; yo que he venío a verte con esas intensiones!

MARTIRIO; ¡Eso es!

JULIÁN: ¡Eso es!

MARTIRIO: ¡Eso, eso es; no lo repitas con retintín!

JULIÁN: ¡Sin rintintín ninguno! ¡Eso es!

MARTIRIO: ¡Eso es!

JULIÁN: ¡Ya, grasias a Dios, estamos de acuerdo! Y como ya estamos de acuerdo grasias a Dios… ¡hasta mañana si Dios quiere! ¡O hasta er día der Juisio!

MARTIRIO: ¡Hasta er vaye de Josafá! ¿A mi, qué?

JULIÁN: ¡A sudá er costipao! (Vase echando fuego por el lado contrario al que llegó).

MARTIRIO: ¡A sudarlo! ¡Tómate un seyo urgente! (Gritándole cuando ya ha desaparecido).¡Si te piensas que ahora voy a yorá, te equivocas! (Sonriendo dichosa después). ¡Diga mi madre lo que quiera, esto sabe a gloria bendita! ¡Ay, qué a gusto estoy!

Negro se va pa Triana.
Y ér sabe que hemos reñío
porque a mi me ha dao la gana.
¡Es mío! ¡Na más que mío!
¡Qué pases las de mañana!

En esta dinámica pueden participar hasta diez alumnos/as. Uno puede hacer de narrador-protagonista. Téngase en cuenta que el relato está escrito en primera persona. Relato “El hombre que llamaba a Teresa” de Ïtalo Calvino.

Bajé de la acera, di unos pasos hacia atrás mirando para arriba y, al llegar a la mitad de la calzada, me llevé las manos a la boca, como un megáfono, y grité hacia los últimos pisos del edificio:

– ¡Teresa!

Mi sombra se espantó de la luna y se acurrucó entre mis pies.

Pasó alguien. Yo llamé otra vez:

– ¡Teresa!

El hombre se acercó, dijo:

– Si no grita más fuerte no le oirá. Probemos los dos. Cuento hasta tres, a la de tres atacamos juntos. – Y dijo -: Uno, dos, tres. – Y juntos gritamos -: ¡Tereeesaaa!

Pasó un grupo de amigos, que volvían del teatro o del café, y nos vieron llamando. Dijeron:

– Ale, también nosotros ayudamos.

Y también ellos se plantaron en mitad de la calle y el de antes decía uno, dos, tres y entonces todos en coro gritábamos:

– ¡Tereeesaaa!
Pasó alguien más y se nos unió, al cabo de un cuarto de hora nos habíamos reunido unos cuantos, casi unos veinte. Y de vez en cuando llegaba alguien nuevo.

Ponernos de acuerdo para gritar bien, todos juntos, no fue fácil. Había siempre alguien que empezaba antes del tres o que tradaba demasiado, pero al final conseguíamos algo bien hecho. Convinimos en que  Te debía decirse bajo y largo, re  agudo y largo, sa bajo y breve. Salía muy bien. Y de vez en cuando alguna discusión porque alguien desentonaba.

Ya empezábamos a estar bien coordinados cuando uno que, a juzgar por la voz, debía de tener la cara de pecas, preguntó:

– Pero ¿está seguro de que está en casa?

– Yo no – respondí.

– Mal asunto – dijo otro -. ¿Se había olvidado la llave, verdad?

– No es ese el caso – dije -, la llave la tengo.

– Entonces – me preguntaron -, ¿por qué no sube?

– Pero si yo no vivo aquí – contesté -. Vivo al otro lado de la ciudad.

– Entonces, disculpe la curiosidad – dijo circunspecto el de la voz llena de pecas -, ¿quién vive aquí?

– No sabría decirlo – dije.

Alrededor hubo un cierto descontento.

– ¿Se puede saber entonces -preguntó uno con la voz llena de dientes- por que llama a Teresa desde aquí abajo.

– Si es por mí – respondí -, podemos gritar también con otro nombre, o en otro lugar. Para lo que cuesta.

Los otros se quedaron un poco mortificados.

– ¿Por casualidad no habrá querido gastarnos una broma? – preguntó el de las pecas, suspicaz.

– ¿Y qué? – dije resentido y me volví hacia los otros buscando una garantía de mis intenciones.

Los otros guardaron silencio, mostrando que no habían recogido la insinuación.

Hubo un momento de malestar.

– Veamos – dijo uno, conciliador -. Podemos llamar a Teresa una vez más y nos vamos a casa.

Y una vez más fue el  ¡Tee reee sa!, pero no salió tan bien. Después nos separamos, unos se fueron por un lado, otros por el otro.

Ya había doblado la esquina de la plaza, cuando me pareció escuchar una vez más una voz que gritaba:

-¡Tee-reee-sa!

Alguien seguía llamando, obstinado.

 

 

 

Seleccionar a tres estudiantes o tal vez dos grupos de tres estudiantes. Cada grupo deberá aprenderse el texto. Drama en verso de Juan Catalina, un cuento de tradición oral de Soria y los alrededores.

El viejo y la muerte

NARRADOR: Entre montes, por áspero camino, tropezando con una y otra peña, iba un viejo cargado con su lea, maldiciendo su mísero destino.

VIEJO: Me cagüen la leche, que si  a por un poco leña al monte, que si los mangantes del Santander, que si no comas esto. Que si no comas lo otro; que si los hijos, que eso ahora no es así, que si los nietos, que no hacen caso a nadie y no se están quietos. Y que justo nos llega pa comer, pues si esto no es vida… Si es mejor morirse me cagüen Russ…

NARRADOR: Y al fin calló, y viéndose de suerte, que apenas levantarse ya podía.

Llamaba con colérica porfía una, dos y tres veces a la muerte.

Armada de guadaña en esqueleto, la parca se le ofrece en aquel punto.

MUERTE: ¿Me llamaste tú, anciano?

NARRADOR: Pero el viejo temiendo ser difunto, lleno más de terror que de respeto, trémulo decía y balbuciente.

VIEJO: Yo…señora…os llamé desesperado, pero…

MUERTE: Acaba, ¿qué quieres desdichado?

VIEJO: Eh…no…no, que … cargues la leña solamente. Si ya estoy casi llegando… y mi familia me está esperando.

NARRADOR: Tenga paciencia quien se cree infelice que, aún en la situación más lamentable, es la vida del hombre siempre amable.

El viejo de la lea nos lo dice.